Concha Méndez es, sin lugar a dudas, una de las voces más destacadas y menos rescatadas que se formaron junto a la conocidísima Generación del 27, que incluía, como bien se sabe, a un grupo de poetas cuyos nombres son hartamente conocidos. Lo que es menos sabido, por no decir casi ignorado, es que al margen de esa generación estaba también un grupo de mujeres partícipes de los cambios estéticos gestados en ese momento, cuya producción artística dejaría también su registro de los cambios que se produjeron en la España de los años treinta, antes de la caída de la Segunda República. Estas mujeres que vivieron de manera más despejada los acontecimientos sociales y culturales de su país, fueron compañeras de los poetas del 27, ya sea a través de vínculos amistosos, de sangre o matrimoniales, como fue el caso de Concha Méndez, en quién está centrado este artículo, casada con el poeta e impresor Manuel Altolaguirre y antes novia del cineasta Luis Buñuel.
Los aires nuevos que llegaron a España durante el último lustro de los años veinte y principio de los treinta, permitieron que las normas sociales fueran más elásticas en cuanto a la emancipación de las mujeres. El nuevo trato entre los dos sexos se mostró más relajado, permitiendo así el desarrollo de una camaradería muy ajena a las generaciones anteriores. Las nuevas costumbres permitieron que las mujeres interesadas en la cultura pudieran acercarse a las discusiones estéticas y filosóficas del momento, hombro a hombro con sus compañeros artistas, permitiéndoles empaparse, igual que ellos, del esplendor artístico que recorría España, en particular la capital madrileña.
Sin embargo, a pesar de que la mayoría de este grupo de escritoras tenían varios libros publicados,y continuaron desarrollando su obra aún después de la Guerra Civil, su trabajo estuvo prácticamente en el olvido, hasta hace pocos años, en que el rescate literario se inició, faltando aún mucho por hacer. De todas estas escritoras y artistas, el caso de Concha Méndez merece atención especial, no sólo por la calidad de su obra, también porque su lucha para abrirse paso en el mundo literario, demuestra e ilustra los terribles prejuicios de la época, pese a los llamados nuevos aires que le tocaron vivir, y sirve también para mostrar la negligencia que la crítica ha demostrado para con el trabajo de las escritoras.
Concha Méndez nació en 1898, de una familia sumamente acaudalada. Desde pequeña mostró inclinación a la rebeldía pues por su condición de mujer se le asignaba una vida más restrictiva. En el libro Memorias habladas, memorias armadas, Concha relata cómo sus hermanos varones tenían absoluta libertad para salir y jugar mientras ella tenía que quedarse en casa. La familia Méndez era muy conservadora, más que las familias de otras escritoras contemporáneas suyas, razón por la cual tuvo que luchar mucho y finalmente cortar con ella para poder dedicarse a sus labores artísticas. En su casa se le prohibía la lectura y su educación formal se dio por terminada a los catorce años. En su hogar nunca recibió ningún tipo de apoyo a sus actividades y sí un franco rechazo que le produjo siempre un sentimiento de marginalidad y amargura. Dos anécdotas de Concha ilustran los obstáculos familiares que tuvo que sortear para concretar su carrera literaria. La primera surge en el contexto de una crónica publicada en San Sebastián después de haber ganado el concurso de natación de las vascongadas. En el artículo se señalaba que amén de campeona de natación era poeta publicada. Al mostrarle el artículo al padre, éste responde: “Apareces retratada como cualquier criminal.”
La segunda anécdota se da ya en una Concha adulta, de veinticinco años. Atraída por los estudios, decide ir un día de oyente a una clase de Literatura Geográfica. La reacción de la madre al verla llegar a casa, constata la situación familiar que continuaba vigente:
"Volví muy contenta a casa. Entré. Mi madre hablaba por teléfono y me llamó. Venga usted aquí. Al acercarme me dio con la bocina en la cabeza. Tuvieron que vendarme la cabeza y aún guardo la cicatriz" (en Memorias habladas, memorias armadas).
Estas anécdotas familiares no dejan de ser interesantes no sólo por la lectura que nos ofrecen de la época, sino también por la marca que dejarán en la obra de Méndez. Si bien es cierto que la poeta logra finalmente emanciparse, otras circunstancias personales como el exilio y la poca recepción que su obra tuvo, continuaron el sentimiento de marginalización, aún hasta su ancianidad, cuando se negaba a escribir sus memorias por la indiferencia que el exterior, es decir que sus contemporáneos y el público en general, tuvieron para su obra poética.
La huella de esos años marcados por la inseguridad, el rechazo, la pseudo-marginalidad de su trayectoria poética, aparece ineludiblemente en su poesía, manifestada de dos formas diferentes: con el motivo del viaje y a través de la lejanía, interpretada casi siempre como una dislocación del sujeto poético con el mundo que le circunda. Ambas nociones marcan el distanciamiento de la voz lírica con su entorno, y a veces el distanciamiento de la voz poética consigo misma. Es precisamente en este imaginario poético donde Concha Méndez sitúa gran parte de su ideario artístico, reconociendo su condición perpetua de exilada, si no siempre por motivos políticos, sí por su condición de mujer.
La conciencia de género con sus consecuencias sociales, le llega a Méndez desde muy temprana edad. En el libro Memorias habladas, memorias armadas, relata la poeta una vivencia temprana que le causó un gran disgusto y que seguramente sirvió para subrayar sus diferencias con el sexo opuesto. Estando de visita un señor amigo de la familia, el huésped le pregunta a sus hermanos mayores qué quieren ser cuando sean grandes. Como a Concha no le preguntó nada, ella misma se acercó a decirle que ella quería ser marinero. El hombre volteó a mirarla y regañándole le contestó: -Las niñas no son nada. La poeta agrega en sus memorias: “Por esas palabras le tomé un odio terrible a este señor.”
La condición familiar de Méndez y su despierta inteligencia, debió haberle causado, desde muy niña, la sensación de fractura que aparece en sus poemas como una constante. En su poema Ni me entiendo ni me entienden el tema del rompimiento con el mundo exterior alcanza su grado más alto:
Ni me entiendo ni me entienden:
Ni me sirve alma ni sangre;
Lo que veo con mis ojos
No lo quiero para nadie.
La voz lírica de los versos anteriores se halla completamente enajenada: No es únicamente una desconexión del mundo exterior, hay también una fractura con el mundo interior, donde la voz poética se confiesa también alejada de sí misma, no es capaz de comprenderse. La fisura es completa, tanto en el plano físico, representado por la sangre, como en el plano espiritual. Esa marginalidad del mundo que la rodea le produce confusión, inseguridad.
Todo es extraño a mí misma,
Hasta la luz, hasta el aire
Porque ni acierto a mirarla;
Ni sé cómo respirarle.
Finalmente culminan en el miedo, un terrible miedo, entre otras cosas a no salir de ese estado de postración, y peor aún, a desaparecer.
Y si miro hacia la sombra
Donde la luz se deshace,
Temo también deshacerme
Y entre la sombra quedarme
Confundida para siempre
en ese misterio grande.
Por medio de la oposición luz-sombra, la voz poética se reconoce completamente rota, perdida en el mundo, pero también azorada al confesar cándidamente que ella también es incapaz de comprenderse. La respuesta a ese estado de enajenación no es la amargura, es el miedo a desaparecer, aniquilarse.
En el poema Todo menos venir para acabarse, encontramos el mismo sentimiento llevado a sus últimas consecuencias. La voz lírica en este poema prefiere ser un elemento natural, aunque carente de vida, a estar viva y tener que afrontar el fin ineludible.
O ser aire que corra los espacios
en forma de huracán o brisa fresca
¡Todo menos venir para acabarse,
como se acaba, al fin, nuestra existencia!
La imposibilidad de trascender parece ser realmente el trasfondo del miedo, la vulnerabilidad por su doble condición de mujer y escritora, queda palpada en gran parte de la producción poética de Méndez. Es curioso que en el poema anterior, a pesar del miedo, hay en la voz lírica un profundo estado de rebeldía y un implícito rechazo de la idea de Dios. La voz prefiere darse vida a través de la naturaleza que contentarse con su destino preconcebido.
El viaje es otro de los motivos más recurridos en la poesía de Méndez. La significación de éste es bastante obvia. Es a través del viaje que se alcanza la libertad, aunque nunca totalmente. Sabemos que los viajes fueron una constante en su vida, tanto por su significado metafórico como por estar acostumbrada a verlos llegar y partir desde niña. Mucho se ha dicho sobre la influencia de Alberti, particularmente de su obra Marinero en tierra, en la poesía de Méndez. Es indiscutible la influencia, sin embargo, la poesía de Méndez exuda una interpretación muy propia del mar y de la canción popular. En el poema Los brazos que te han llevado, el mar representa la distancia interpuesta entre la voz lírica y el amado.
Nos separa un ancho mar
De difíciles tormentas
Y náufrago has de llegar
Si es que vuelves a mi puerta
Para quererte salvar
En los últimos versos la distancia le ha servido al sujeto poético para reafirmar su identidad, pero a la misma vez para subrayar su soledad, la marginalidad de la voz hablante, condición que acepta como si hubiera sido una constante.
Cuando no vuelvas a verme
Y mis horas sean mías
Y yo vuelva a ser quien era
Lejos de tu compañía;
Tan sola no me has dejado,
Que estoy conmigo y me basta
- igual que siempre lo he estado
Así también en el poema Ancho es el mar, la presencia del mar como un espacio abierto que lleva a la pérdida se repite, esta vez desde el primer verso.
Ancho es el mar, él ha de separarnos
Sin embargo, también existe la esperanza de volver a encontrarse en otro espacio abierto, concatenando así una posible sucesión de encuentros y desencuentros.
El barco en que he de ir está en el puerto:
A éste seguirá otro en que tú vayas.
Te esperararán mis brazos no sé en dónde...
Tal vez en algún puerto, en una playa.
La poesía de Concha Méndez es una de las mejores de su generación, siendo una pena que se le empezara a prestar atención seria tan tardíamente, a pesar de que su nombre estuviera vinculado con la renombrada Generación del 27. El sentido de dislocación interior y exterior, su interpretación propia de la realidad social, particularmente de la condición de género, dan a su poesía un sello muy propio. Es en el rescate de su obra donde encontramos los restos de una producción femenina largamente ninguneada hasta por sus propios compañeros de trabajo, y que mostró, a la par que la de los escritores de la época, un esplendor extraordinario, una sensibilidad artística renovadora. Una reevaluación de la obra poética de Méndez nos llevará a encontrarnos con una apreciación justa de esta escritora que se supo siempre olvidada de la crítica y cuya poesía está sustendada no en su relación con los poetas del 27, sino en sus méritos literarios.
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