Bienvenidos a esta geografía elemental del viaje literario. Les invito a recorrer conmmigo los intrincados caminos de esta travesía sin mapas, cuya única intención es compartir la ruta iniciada en piedra y pergamino.



Monday, February 07, 2011

DRÁCULA DESDE EL XXI

En 1897 el escritor irlandés Bram Stoker publicaba su libro Drácula, entregando a la literatura universal el personaje más famoso del género vampirezco. A la mayoría de nosotros, el conde nos llega ya bastante digerido en la figura de los diferentes actores que interpretaron el papel en la pantalla grande. Tanta fue la fuerza cinematográfica del personaje que casi se olvidó el origen literario de aquel extraño ser de Transilvania. Parece también que cada generación tuvo su Drácula. Bela Lugosi realizó la primera interpretación en la película en 1931, lanzada por los Estudios Universal y obteniendo un éxito inmediato. A este primer Drácula de nuestros abuelos y bisabuelos se le debe la exagerada gesticulación, la peculiar fisonomía y el vestuario, indispensable hasta la fecha para dar vida al personaje. Me encanta imaginarme a mi abuela adolescente, en un improvisado cine de provincia, los ojos muy abiertos, las palomitas de maíz suspendidas en las manos ateridas de terror. Esa, desde luego, es otra historia. El inmortal Lugosi desapareció tragado por su cruel personaje, quedando preso de la terrible ecuación Lugosi igual a Drácula. Otra interpretación importante fue la de Frank Langella en la versión de 1979. Fue, indiscutiblemente, el vampiro más humano, romántico y sensual, pero el menos terrorífico, según los críticos. No había colmillos monstruosos, ni sangre, ni los trucos usuales del género. Langella fue el conde de mi adolescencia y efectivamente, lo recuerdo como un personaje romántico, atormentado. En lo personal se lo agradezco porque no soy aficionada al terror y sus mutaciones. En 1992 se produjo una nueva versión, esta vez interpretada por Gary Oldman y dirigida por Francis Ford Coppola. La película presentó la adaptación más fiel de la obra de Stoker. Los críticos parecen estar de acuerdo en que Oldman nos regaló una de las interpretaciones más vitales y apasionadas del conde de Transilvania y no lo dudo, aunque debo confesar que nunca vi la película.


A ciento catorce años de su publicación, me he encontrado con el libro de este fascinante irlandés. La razón de su lectura estuvo teñida por las oscuras tintas de la casualidad, no de Transilvania. Recién me hice de un lector Kindle, dispuesta y convencida de que los libros digitales son un medio que no podemos (ni debemos) ignorar, particularmente en el mundo hispánico. Pues bien, el lector viene equipado con muchos libros clásicos gratuitos, cabe añadir que casi todos de lengua inglesa. Me decidí por Drácula, pensando que si lograba leer un texto tan contrario a mis preferencias, en un medio tan incierto para mí como el formato electrónico, tendría que concederle sus méritos. Tenía la convicción de que un libro de terror del siglo XIX no podría competir con el horror actual, particularmente el descarnado espectáculo cinematográfico que nos llega a todos, queramos o no, en la posmodernidad. Me equivoqué rotundamente y con fortuna, pues vuelve a materializarse aquello de que la literatura sobrepasa toda realidad, ofreciendo otra forma de vivir. La novela de Stoker es mejor que cualquier película y en ella se adivinan ya los engranajes de la novela del siglo XX. Adelantándose a lo que sería un lugar común en esta novelística, la historia es narrada a través de múltiples puntos de vista ofrecidos por los diarios de los personajes principales. Los encabezados y artículos de varios periódicos ingleses agregan credibilidad y suspenso a la historia. No deja de interesar el ideario victoriano, presente en toda la obra, particularmente en lo relativo a las mujeres. Así, Lucy Westenra y Mina Murray se nos presentan como dos mujeres fuertes, dulces, inteligentes y obedientes. Salvo algunas excepciones, no aparecen como personajes acartonados y no dejan de tener su encanto, como todos los demás: Jonathan Harker, el doctor John Seward, Quincey Morris, Arthur Holmwood, y el profesor Abraham Van Helsing, mi favorito a todas luces. Van Helsing , médico y maestro de Seward, es un hombre mayor, inteligente, ético, generoso, y quien descubre el fenómeno del vampirismo (y la solución) en la novela. Ubicado entre la ciencia y la mitología, Van Helsing resulta un hombre moderno, capaz de admitir los límites de la ciencia y sus aciertos sin desdén alguno. Y, desde luego, está Drácula, un tipo cruel, refinado, con cierto elitismo cultural y una sincera admiración por todo lo inglés. Su castillo es más o menos como se esperaría de una novela gótica, aunque hay también en el ambiente que rodea al conde un profundo sentido de la pérdida, de esplendores pasados, de batallas condenadas a la derrota, siendo una de ellas, la más esencial, la de la vida.

Sí, es posible leer Drácula desde el siglo XXI y disfrutar la lectura. Sí, es posible agradecerle a Stoker su elegancia, su manejo del suspenso, y su desdén por regodearse en escenas innecesariamente sangrientas, algo que muchísimos escritores de este siglo deberían de aprender. Sí, es posible leer en un lector Kindle, o cualquier otro para su efecto, un libro digital. Sobre todo, es posible viajar a la Inglaterra decimonónica de la mano de este irlandés, gerente del Teatro Lyceum, que escribía novelas fantásticas para complementar sus ingresos. Y es posible sentir miedo, como mi abuela en 1931.





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