Inciertas Geografias

Apuntes del viaje literario. Poesía de la geografía elemental y la memoria

Friday, October 31, 2008

El Tigre



En su escritorio una mujer escribe
un sueño que vivió sobre un tigre blanco.
Era el quinto sobreviviente
de una especie maldita por los hombres.
Era el quinto tigre más bello.
Por las noches de selva
el tigre rondaba los vestigios
de un río infestado de pirañas
y bebía sin miedo el laberinto húmedo.
Cansado de cazar
el tigre nocturnal
dormía al presentir el día.
Solo
cabalístico el nombre de su especie
borrada
el tigre rondaba su muerte preparada.
Aullaba de dolor
cuando veía su imagen reflejada
en el agua.
En la elasticidad volátil
de su cuerpo
la infecunda acechanza imposible:
Deseaba compañera
y como él sólo cuatro
dispersos en la tierra.
Maldito por los hombres
la mujer lo veía desde el sueño.
El río atestiguaba.
La mujer,
solitaria también por distintas razones
quiso meterse al río
para que la bebiera el tigre.
Quiso tocar el lomo fuerte,
el ónix de sus rayas,
la pelambre perfecta
de su cuerpo angular.
La mujer hecha agua
despojada de carne
abierta al corazón del tigre sediento
dejó que la tragara.
Cuando despertó gritó de dolor
por su tigre blanco.
Desesperada, quiso recobrar
con palabras
la acidez de la jungla suscrita en su vientre.
Imposibilitada el bolígrafo araña:
Era el quinto sobreviviente
de una especie maldita
por los hombres.
Era el quinto tigre más bello.
Y mientras ella escribe
el tigre enloquecido
sube al tronco más alto de la selva.

Saturday, August 09, 2008

BUSCA LA FELICIDAD

Busca la felicidad
en el lengüetazo amable de tu perro
en el ronroneo sincero de tu gato
en el gorjeo esperanzado de algún pájaro
en el crujir mullido de tu viejo sofá
en las paredes incansables de tu casa
en el ruido cordial de tu tetera
en el rostro sensato de tu plato
en la charla medida del cajón abierto
en el sincero saludo de tu espejo
en la ternura maternal de tu colchón
en el tic tac constante del reloj
en el canto de cuero de tus zapatos
viejos

No busques más allá
ni siquiera en los libros sagrados hallarás
tan claramente los lenguajes domésticos
de Dios.
Elvia Ardalani

Wednesday, December 19, 2007

¿HACE CUÁNTO QUE NO TE SUBES A UN TREN?

A Simba, que se marchó en su tren el 2 de octubre del 2007


Narciso Pedraza tomó su viejo maletín de cuero curtido, sacudió su cabeza para alejar las tribulaciones y respiró hondo. Hacía mucho que empezaba a detestar su profesión de cirujano dentista.
- Las mismas bocas-decía- siempre las mismas bocas. Nunca había querido dedicarse a aquello, lo suyo eran las vacas. Desde pequeño sintió predilección por esos animales, enormes y mansos, como debiera ser el mundo. En la finca de su padre había aprendido lo básico y lo suficiente para pasar el resto de su vida feliz, de no ser por la insistencia de la madre, que se propuso hacer de él un médico cirujano dentista, igual, lo averiguaría muchísimos años después, que Rodrigo Arnaz, padrino del niño, amigo de la familia, y amor imposible de su bendita madre.
- Te irás al extranjero, igual que tu padrino, y volverás el mejor médico de todo el país.- Su padre aprobó el plan, posiblemente fastidiado por la escandaleta de la madre, y antes de que el joven pudiera quejarse ya estaba matriculado en Harvard, la primera universidad en ofrecer el título y arrebatarle su lugar a los barberos.
Así surgió su profesión, su destino, su vida poco escandalosa. Regresar al país, abrir su práctica en el pueblo (para entonces la madre ya no quería volver a prescindir de su presencia), dejarse guiar por la mano firme de don Rodrigo, que cada día le parecía más antipático y menos práctico en su gabinete. Además, para entonces ya había notado que la madre tendía a buscar para todo la aprobación del viejo dentista, y que sin necesidad se rehusaba a visitar al médico del pueblo para sus achaques, insistiendo en que el dentista sabía más del cuerpo pues por la boca entraban todos los males.
- ¡La boca, hijo, para todo la bendita boca!- Y por la boca de su progenitora se dio la sentencia que lo relegaría el resto de su días a la condición de espectador de su propia vida.
Nunca se casó, ni buscó consuelo a sus necesidades emocionales. No era que fuera tímido, no, era simplemente que no quería involucrarse con nadie, la vida le era singularmente sosa. Así, con el paso de los años, lo que era simplemente una condición temporal se le volvió congénita, y fue formándose, entre absesos, empastes, y sarros, su destino de solterón empedernido. De vez en cuando, si la agenda se lo permitía, iba al campo, a recordar viejos tiempos ateridos en la memoria. Las vacas continuaban pastando, como entonces. Ahí las bañaba, las cepillaba, y les revisaba la dentadura. Pronto aprendió que las vacas eran mejores pacientes que los seres humanos, y dejó sus mejores huellas odontológicas en el hocico vacuno.
- Los dientes lo sobreviven todo, hasta el fuego. Lo que los mata es la vida.-solía decirle a sus vacas, nunca a los seres humanos que jamás entendían el concepto.
- Supongo que soy un ser raro- pensaba mientras preparaba el instrumental, todos los días, antes de la llegada del primer paciente.
Así, sin que pudiera darse cuenta, cumplió cincuenta y cinco años. Todavía se repetía las mismas frases, jugaba los mismos naipes y pensaba las mismas cosas. La barriga se le había abultado un poco, el pelo había encanecido totalmente, pero seguía siendo el mismo hombre, por lo menos eso pensaba él.
Entonces llegó la revolución. Francisco I. Madero había logrado lo que nadie antes en el país, echar al viejo dicator Díaz. Los periódicos rebosaron fotografías del anticuado general vestido de civil sin la chaquetilla blanca, ni condecorado hasta las barbas, lánguido el rostro moreno y una magulladora en la mirada que sólo se explicaba a través de la derrota. Levantaba la mano para despedirse de sus seguidores antes de abordar el trasatlántico Ipiranga, como un actor que agradeciera los aplausos de su público. Un tren lo había llevado durante la madrugada, casi anónimo, hasta la ciudad de Veracruz. En el trayecto, justo tras pasar la Mesa Central y descender por la vertiente del Golfo de México, unas balas rebotaron contral el vagón presidencial. El viejo dictador, temblorosa la mano, apretados los nervios, abrió la ventanilla después de pedirle prestado un revólver a uno de sus oficiales y disparó en la oscuridad.
- A mansalva sólo se mata a los perros- pensó- y ustedes son los perros.- pero nadie respondió, apenas la noche en aquel silencio invertebrado del tren.
Narciso Pedraza leyó las prósperas noticias del periódico sentado en su averiado sillón dental. Había terminado de esterilizar los instrumentos y preparado su tazón acostumbrado de café.
- Ya todo México es libre- se dijo, y no pudo evitar sonreir al ver la cara compungida de don Porfirio recibiendo las últimas flores de manos de las señoritas de la sociedad veracruzana. – Ya sólo falto yo.-
Sin saber por qué, los acontecimientos nacionales empezaron a remover viejas piedras en el ánimo del dentista. Tal vez fuera el hecho de cumplir cincuenta y cinco años, justo el 31 de mayo de 1911, cuando el trasatlántico zarpó rumbo al destierro de Díaz o quizá fuera la algarabía generalizada que causó en todos, desde sus pacientes hasta la servidumbre en la casa paterna, el cambio de poderes. Su madre, lúcida y acorazada, a pesar de la edad, predijo la muerte de los detractores del viejo régimen con las manos arqueadas por el reumatismo y los ojos llorosos por el dictador. Su padre, casi senil, confundió la revolución con la caída de Tenochtitlán y juró que donaría fondos para acelerar la quema de templos y la construcción de catedrales. Su padrino ya no era más que una sepia fotografía colgada en la sala de la casa.
- Padre...quiero irme de aquí.- Los dos bebían contemplativos una taza de té en la pequeña biblioteca. El padre, octagenario, anclando ocasionalmente en la realidad desde su mundo de bruma, el hijo, ligeramente pálido, había ya aprendido para entonces el arte escatimable de la conversación con el olvido. – He llegado a la conclusión que soy perfectamente prescindible- Lo dijo sin amargura, levemente tocado por un rubor juvenil.- y quiero marcharme.- El padre lo miró con la misma sorpresa de cuando lo tuvo por primera vez en brazos, cincuenta y cinco años atrás.
- ¿Hace cuanto que no te subes a un tren?- Narciso lo miró con ternura. De alguna forma extraña su padre lo entendía, y las pataletas de su memoria lograban mantenerlo a flote dentro de sus charlas.
- Hace veintinueve años, padre, cuando regresé de la universidad.
- Pues ya es hora de que conozcas los trenes de don Porfirio.- Narciso Pedraza asintió con la cabeza.- Tu madre y Rodrigo son expertos en trenes. No sé qué veía tu madre en tu padrino.- Acusó el comentario visiblemente. Dada la condición de su padre, no podía archivarlo acertadamente en ningún lugar de su perplejidad. Cuando era adolescente, mil veces se preguntó qué vería su madre en aquel hombretón insulzo de ojos terriblemente grises, pero nunca sospechó que su papá se preguntara lo mismo.
Varias semanas anduvo dándole vueltas a la idea de marcharse. Tenía dinero ahorrado (tantas horas de soledad habían producido un buen patrimonio), estaba convencido de que no tenía las fuerzas para ver una boca más, y estaba dispuesto a machacar el cordón umbilical. Pensaba irse al norte, Tamaulipas, posiblemente, y comprarse una pequeña finca junto al mar, con muchas, muchas vacas.
Tres días le bastaron para deshacer una vida. Vendió sus instrumentos, regaló su sillón dental a la sirvienta que limpió su consultorio durante veinte años.
- Es buenísimo para tomar siestas- le decía a manera de disculpa cada que la encontraba dormitando sobre él. Así que recibió el regalo con más que agradecimiento. Alquiló su consultorio a una emprendedora mujer que había decidido abrir una florería – harán falta muchas flores en la revolución- decía cándidamente, y vació su escueta casa sin decidirse del todo a deshacerse de ella.
Cuando menos pensaba ya estaba sentado en el vagón del tren. Parecía un aristócrata, hábilmente ajuareado, blanco el cabello, impecable el traje de casimir gris. En su memoria giraban las fotografías de don Porfirio, rudo el rostro, percudido el dolor en el ademán del adiós.
- ¿Le molesto?- la voz le sacó de sus cabilaciones. Era una mujer amplia, de generosas proporciones, portando una cesta. Le tocaba el asiento frente a él y pedía permiso para acomodarse. Él la dejó pasar y la miró sin interés. Debía tener unos cuarenta años, delicado el rostro, negro el cabello, vacuna la mirada. Se había sentado con la espalda muy erguida y frecuentemente abría la cesta para mirar dentro y esbozar una sonrisa.
- Usted es el doctor Pedraza.- El médico asintió desganado. Lo último que esperaba era sentarse junto a un conocido, él tan practicante de la soledad. – Me llamo Soledad Rivas Garzón. – el médico no denotó emoción alguna. Era su forma de esgrimir cualquier conato de charla. La mujer insistió.- Usted me compuso la dentadura antes de cumplir mis quince. Supongo que no se acordará, pero yo fui una de sus primeras pacientes. De niña me veía el doctor Rodrigo Arnaz.- El doctor permaneció callado. La última frase, le había parecido, podía llevar una mala intención.- Yo lloraba mucho antes de cada consulta, hasta que usted empezó a regalarme estampitas de gatos. Disculpe usted, le agobio con tonterías.- Lejanamente recordó a una muchacha delgada, de facciones sanas y senos prometedores que lloriqueaba siempre antes de la consulta. También recordó las estampitas de mininos que se volvieron de rigor y con mucho descalabro le llegaron también a la cabeza ciertas afecciones fantaseosas, suyas, muy suyas, de nadie más. Entonces era un treintañero, qué más da, - pensó- así sólo se es a los treinta.
- Recuerdo algo.- musitó- Así que usted es la de los gatos.
- Aunque no lo crea- respondió un tanto ofendida. La mujer viró la cara hacia la ventanilla y decidió ignorar al viejo aquel. Una viudez temprana y sin hijos la habían vuelto propensa a la impaciencia. Ahora que ella no le veía, se permitió observarla con cierta curiosidad. Efectivamente, era ella, veinte kilos de más y una que otra arruga, no lograban esconder las reveladoras promesas de juventud. Seguía siendo bonita, a pesar de la carne. Algo parecido al deseo le hizo estremecerse. Siguió mirándola de reojo. Después se convenció de que no era deseo, y si lo era, estaba incapacitado para reconocerlo.
- ¿Va a Tampico?- la mujer titubeó, dudando que se dirigiera a ella.
- Voy a Estados Unidos. San Antonio, para ser más precisa. Quiero pasar los últimos días de mi gato en paz.- Diciendo esto abrió la cesta y le mostró un gato gris tranquilamente aposentado. Tenía el rostro muy inchado del lado izquierdo, tanto que el ojo se le había cerrado por completo.
- Eso es una muela infectada- comentó el dentista sin atreverse a tocar al animalito.
- El veterinario le diagnosticó cáncer, ya sabe usted como son los veterinarios, me dijo que no había nada qué hacer.- un gesto de melancolía le apretó el rostro.- Ha sido mi compañero dieciséis años, desde que enviudé. El país está muy revuelto, ya ve usted, los trenes sirven para vaciar al país de gente decente y llenarlo de bandidos.- El médico sonrió sin saber por qué. Tal vez recordó la parte bonachona de su madre.
- Atendí las vacas de mi padre muchos años. Si usted me permite, podría echarle un vistazo a
- Manuel. Se llama Manuel.
- Sí, a Manuel.- La mujer sonrió agradecida. El médico empezaba a serle familiar en el recuerdo. Visto desde el sillón dental, era un hombre estremecedoramente atractivo. Alto el puente de la nariz, gruesas las pestañas, solía soñar de jovencita con su dentista. Tanto que a propósito, y más de una vez, se había vaciado ella misma los empastes con la punta de unas tijeras para argüir una nueva visita. Una vez, sólo una vez, por error le había rozado el escote con la punta del guante. Veintinueve años después los senos volvieron a erizársele.
La mujer, levemente abochornada por el pasado, sacó a Manuel de la canasta. El dentista tomó al gato con soltura, como si toda la vida hubiera tenido uno. Ágilmente le abrió el hocico babeante. El gato, desde hacía muchos meses, procuraba no babear por dignidad, pero cada vez la tarea se le imposibilitaba más. El médico observó las encías enrojecidas, el paladar lastimado a fuerza de masticar equivocadamente. No se inmutó por el mal olor del hocico felino.
- Es una muela infectada. Me parece que puedo ayudarla, sin prometer nada, claro, el gato es muy viejo.
- Nosotros también nos hemos puesto viejos- respondió Soledad con un tono distinto que el doctor recibió gustoso.
- Viejos los cerros- replicó el dentista, y los dos rieron a carcajadas ante el asombro de Manolo que había decidido volver a su cesta.

Friday, August 03, 2007

APUNTES DE UN VIAJE A CUBA CON POEMAS

Cuando el profesor Rodrigo Pereyra me invitó a escribir algo sobre Cuba, ya que yo había visitado ese país en 1999, me entusiasmé debido a ese cariño que le tengo a Cuba y a los cubanos (los de adentro y los de afuera). Aprendí a hablar inglés por un cubano, mis mejores profesores de literatura fueron cubanos y además cuento con el gusto de tener grandes amigos cubanos. Claro que conforme se acercaba la fecha para entregar el escrito tuve que preguntarme ¿Y de qué Cuba escribo? ¿De la de adentro o de la de afuera? ¿De la política o de la social? Todo esto teniendo en cuenta que el cariño desmedido no nos hace especialistas, por lo que no puedo escribir un trabajo académico sobre un tema que técnicamente desconozco. Así que me senté una tarde en mi estudio, con las fotografías de mi viaje por un lado y las fotografías de Osvaldo y Roberto Salas por el otro. Mas allá una revista con una entrevista a Celia Cruz y en mi regazo el libro de René Ariza Cuentos breves y brevísimos. ¿Por donde empezaré? Me pregunté agobiada (faltaban pocos días para la fecha tope). Hay tantas Cubas en Cuba . La de los exiliados que la viven a través de la nostalgia, la de los que la habitan, la de Castro, la de Ché Guevara, la de Batista, la de los presos políticos, la de los turistas europeos, la de los negros, la de los blancos. La lista sería interminable e inútil. Entonces, de pronto, se me ocurrió que de todas esas Cubas yo me quedo con la Cuba imaginada, la inventada en los cantos de Eliseo Diego, de Lezama Lima, de Waldo Leyva.
La Cuba filtrada por la invención creadora de los grandes artesanos de la palabra, la de los últimos inocentes, la de los poetas. Y de todas las Cubas de Cuba a mí me parece la más real, la más entrañable y la que vencerá a todas las demás. La que trampea la realidad y la sublima. Dulce María Loynaz lo explica irreprochablemente en su poema En mi verso soy libre.

En mi verso soy libre: él es mi mar.
Mi mar ancho y desnudo de horizontes….
En mi verso yo ando sobre el mar,
Camino sobre olas despobladas
De otras olas y de otras olas…..Ando
En mi verso: respiro, vivo, crezco..

La Cuba de la imaginación poética es a mi juicio la que sobrevivirá a la histórica, a la política, a la geográfica.
Yo no soy cubana, pero como mencioné antes, le tengo un entrañable cariño a Cuba, como todos los hispanoamericanos le tenemos, especialmente los mexicanos. Me atrevo a decir, incluso, que todos los hispanoamericanos nos sentimos un poco cubanos, azorados quizá por la saga histórica de un país geográficamente pequeño pero que nos ha demostrado en tantas ocasiones ser enorme. A todos nos gusta Cuba, aunque sea la idea de Cuba, a todos nos duele Cuba, aunque sea el sueño de Cuba.
Hace algunos años, estando en un encuentro de escritores, conocí al escritor Guillermo Vidal (Matarile), recientemente fallecido. Era un hombre casi etéreo de tan delgado, nervioso, sencillo. Le gustaba escribir por las mañanas, de nueve a doce preferiblemente. Escribía en su oficina de algún edificio gubernamental donde tenía un puesto burocrático inútil (según sus mismas palabras) pero que le permitía escribir. Tomamos una taza de café en Samborn s, junto con el crítico cubano Luis Gallegos, el novelista argentino Mempo Giardinelli, el medievalista Néstor Lugones y yo. No bien se había servido la primera taza de café cuando ya estábamos preguntando a los cubanos por la situación política en Cuba. Recuerdo a Guillermo Vidal alzando el brazo, todo él nervioso, todo él hiperbólico, para responder y después los dedos firmes de Luis que parecían anticipar algo y fríamente, con esa elegancia tan propia de él, nos reprochó ¿Por qué siempre que se habla de Cuba se habla de política?
-Porque Cuba es política- replicó Giardinelli. – No chico, Cuba es mucho más. – volvió a decir Luis. No se volvió a tocar el tema y Guillermo Vidal tuvo que aguantarse el comentario, fuera el que fuera. Al día siguiente me topé con Vidal en el restaurante del hotel. Desayunamos juntos, hablamos, más bien habló de literatura, de poesía, de México. Entonces me entregó una copia fotostática de su novela Matarile, no tenía mas que dos ejemplares, el de él y otro que se había quedado en Cuba, pero se había tomado la molestia de fotocopiar el libro completo para regalármelo. Cuando me lo entregó me dijo, casi solemnemente, - Esta es mi Cuba.
Yo admití que lo era. Como prefacio a la novela, Guillermo Vidal escribió:

Este libro debe ser considerado una novela y como tal leerse. Utilicé nombres de amistades y familiares porque me pareció bueno, aunque a veces les tocara perder. Allí, en la mentira infinita, existieron: pero eran esencialmente otros.

Y es acaso en la mentira infinita de la ficción literaria donde radique la verdadera Cuba. La Cuba buscada, la Cuba anhelada, la de Cintio Vitier en su poema El Rostro:

Te busqué en la escritura de los hombres que te amaron. No quería
ver la letra, sino oír la voz que a veces pasa por ella
milagrosamente: oír con sus oídos, mirar desde sus ojos. Quería
ser ellos, asumirlos, para verte.

Visité Cuba en 1999, justo cuando se preparaba para la celebración del cambio del milenio, y gracias a una invitación de Guillermo Vidal y Luis.
Procuré llegar sin nociones preconcebidas, sin parámetros políticos ni económicos. No sé si lo logré, pero me encontré con un país de gente cálida y dicharachera que trataba bien al turista, que evitaba hablar de política y que sentía un orgullo casi genético por su isla.
La Habana, con sus calles curvas, sus edificios cascados y su centro adoquinado era testigo de los diversos tiempos de Cuba, simultáneos y tangibles, tiempos de un pasado esplendoroso, tiempos revolucionarios, tiempos de ideales y de realidades brutales, tiempos buenos y tiempos malos, futuros inventados y pasados inciertos. Una Cuba que me recordó al centro histórico del México actual, en donde confluyen los distintos pasados como venas de un mismo cuerpo que lo nutren. Cuba se mece en su realidad de tiempos, en su carne de tiempos en su legado de tiempos. Y el tiempo tiene otra dimensión en la isla, pasa más lento, casi se detiene, es propiedad común.
Eliseo Diego incluso hereda el tiempo en su poema Testamento:

No poseyendo más
Entre cielo y tierra que
Mi memoria, que este tiempo:
Decido hacer mi testamento.
Es
Éste: les dejo
El tiempo, todo el tiempo.

Me encontré con una Cuba de abundantes murales revolucionarios en donde las figuras de Ché, Fidel y Cienfuegos aparecían en callejones y carreteras, en hoteles y bibliotecas. Me encontré con gente cálida que incluso me invitaba a tomar un refresco a su casa (así, sin conocernos) y contaban su historia, real o fabricada a quién quisiera oírla. Por todos lados había gente, gente caminando, gente parloteando, gente sentada cumpliendo con un trabajo bobo. Por las noches, la Habana vieja se enciende con la música de los cabarets que sale por las ventanas y las puertas de cristal de los hoteles y restaurantes y las calles adoquinadas se llenan aún más de turistas y locales que pasean su desconcierto al ritmo ineludible de los bongós y las guitarras. Recuerdo haber visto mulatas hermosísismas, de una delgadez suprema, colgadas del brazo del algún turista más bien viejo para ellas. Y cómo olvidar al negro impresionante que abordaba a las turistas justo a la parada del Vaivén (el cuerpo de microbuses de la Habana) para contarles su historia y preguntarles si estarían interesadas en cultivar con él un amor puro como llamaba a lo que fuera eso que él quería. Al escucharlo hablar y manotear mientras decía, con su impecable guayabera blanca y sus pantalones un tanto gastados, era imposible olvidar los tan antologados versos de Nicolás Guillén:

Ya yo me enteré mulata, mulata,
Mulata, ya sé que dise,
Que yo tengo la narise
Como nudo de cobbata

Algunas calles más allá del nudo turístico de los hoteles y los restaurantes, donde la música quedaba como telón de fondo, la gente abría las puertas de su casa y sacaba a vender su mercancía, usualmente esculturas de madera tallada, mientras se sentaba a tomar la brisa de la noche sentados en su sillas sobre la banqueta. Era el ensayo, según se nos dijo, de una pequeña empresa controlada.
La huella soviética también reclamaba su parte en esa confluencia de tiempos que es Cuba y abundaban los chiquillos con nombres rusos, Vladimir, Fedor, Natasha.
El Granmá, el diario nacional, resultó ser un periódico de escasas páginas con un discurso revolucionario francamente gastado, difícil de aguantar, con muchas noticias sobre Fidel, algo de cultura, y un artículo de modas para las lectoras en las que se aleccionaba sobre el peligro de abusar de la lycra.
Pero esa Cuba gráfica, exuberante y seguramente estereotipada por cuantos la visitamos, convivía con otras Cubas, por ejemplo la universitaria, en donde encontramos profesores de una cultura extraordinaria que lo mismo podían discurrir sobre las jarchas que sobre las últimas obras de la diáspora cubana.
Sentados en el césped, bajo las sombras de los árboles, los estudiantes de humanidades (pelo largo, algunos peinados con trenzillas y vestidos con ese desenfado de los jóvenes) estudiaban, charlaban, tocaban la guitarra o leían en voz alta poemas de Angel Augier:

Si te enamoras, que sea de la Vida.
La Vida, fuente generosa,
El todo panida
Germen de toda cosa
Del árbol y del pájaro que anida
En sus ramas, de la espiga y la rosa,
Del agua rumorosa,
Del seno que convida.
Si te enamoras que sea de la Vida.

Y también estaba la Cuba de Aitana Alberti, hija del poeta español Rafael Alberti. Aitana nos recibió en su casa de la Habana. No era una casa grande para los parámetros estadounidenses, pero era más grande que el apartamento cubano promedio, además era linda, con sus balastradas y sus amplias ventanas. Tenía las paredes cubiertas de dibujos de su padre y merendamos con ella una tarde. Vivía en Cuba desde hacía muchos años y le gustaba su vida ahí. Estaba muy metida en el mundo cultural cubano y acababa de editar un libro sobre poesía cubana. Nos confesó, con cierta candorosa timidez, que ella también era poeta, y que era muy difícil vivir ahí y no ser poeta. Fue una tarde muy bella, donde Aitana nos contó anécdotas de su padre y de su madre y terminó escribiéndome una invitación a mano para que mi padre (entusiasmado lector de la poesía de Rafael Alberti) pudiera entrar a una exposición de sus pinturas que se llevaría a cabo en México al año siguiente.
Yo no podría definir Cuba. Como todos los países ajenos (y aún el propio) resulta una realidad demasiado compleja. De lo que sí estoy segura es de que las muchas Cubas de Cuba terminan irremediablemente condensándose en su literatura y principalmente en su poesía. Y sé también que la Cuba poetizada será la que nos sobrevivirá, independientemente del curso de su historia y de los absueltos y los condenados. Lo importante es vivir, como Victor Casaus en su poema Somos:

Somos ciertamente.
Somos por encima de las letras
Amarillas de los cables
En esta isla luminosa
Que anteayer fue construida.

Somos aún con nuestros ojos llorosos
De rocío
Con el puño y el defecto
Y el error y el que no sabe
Y el que sabe pero ha errado.

Somos por debajo de las débiles
Sonrisas de las suaves mariposas
Derrotadas. Somos siempre
En esta zona pequeñita que habitamos.

(Ser simplemente ser
es en este tiempo
y este paralelo
una amplísima victoria).

Tuesday, July 03, 2007

SERIAMOS LA GREDA

Seríamos la greda bajo los restos apolillados del arca diluvial.
La escarola tatuada en el dorso de una roca de mar.
El esqueleto escariado de un proyecto de pez.
Seríamos el silencio.
La hormiga inmóvil en sus hormiguero seco.
Las huellas los rasguños
las marcas del miedo en los maderos.
Seríamos el agua impregnada de formas no estrenadas.
El rostro del mundo aún sin la palabra.
La calamita apenas pisada por cantáridas cautas.
Seríamos la nostalgia de un dios en solitario.
La carne inspiradora de alguna jibia blanda.
Seríamos el polvo del parto de la tierra.
Seríamos la memoria.
La lluvia golpeando las vigas de la barca.
La posibilidad cercana de la muerte.
Y para nacer te fueron moldeando el cuerpo
con la arcilla del mundo recién hecho.
Y para nacer te abrieron el torso y me formaron.
Pero aún antes de todo el cataclismo éramos
en el instante mismo uno conjugado en dos cuerpos.
Diluvio.

Del libro Y comeras del pan sentado junto al fuego

SOBREVIVES

Sobrevives al polvo de mis muebles
a las fustas blancas de esta casa
a las lenguas malditas que gastan las palabras
a la mujer llorosa en su mentira
al tipo que tapia las ventanas
al niño tarántula que se comió a su madre

sobrevives milagrosamente sobrevives
al inmenso desorden colectivo
al árbol imaginariamente caído en tu memoria
a la tumba del nunca concebido
a la pizarra rayoneada de la infancia

sobrevives a esta vocación irreparable
a los monstruos ocultos en el césped
al estómago ansioso de presagios
a la tristeza congénita del útero acerado
a la ofensiva luctuosa del olvido

sobrevives al caos cotidiano de tu ausencia
a los escaparates clandestinos del deseo
al huérfano que pide limosna en las esquinas
a las cartas pensadas con miedo los domingos
a la audacia imprevista del carguero que entrega
una estampida de perros cazadores
a no tenernos nunca a no soñarnos

sobrevives milagrosamente sobrevives
al dardo envenenado del destiempo
a la fractura fresca del reproche
al guantazo brutal de la conciencia
a los gatos hambrientos de la noche
a la caída final a estos infiernos
al polvo de mis muebles sobrevives.

Del libro Y comeras del pan sentado junto al fuego

A UNA ESCOBA

¡Qué terrible destino el de la escoba!
Raquítica, precaria, tus piernas flacas
apenas si sostienen tu ingravidez de sonda,
tu perfume de establo mezclado con alfombra.
Te inventaron con el mezquino fin
de limpiar el desorden de los pasos de otros,
los zapatos que besan con su tristeza el piso,
el polvo en las baldosas, la suciedad y el lodo.
Nadie piensa en tus ojos salientes de palmito,
tus senos de taray, tu vientre de retama,
nadie se acuerda, nadie, de tu origen de savia
tus lejanos inicios de raíz subterránea.
No sé quién te trajo a vivir a mi casa,
a cumplir tu precario futuro de obrera amedrentada,
a vivir tu destino de suciedad y armario.
Casualmente esta tarde te descubrí en tu sitio.
Más delgada que nunca, tu falda de hojas
lucía sin miramientos los excesos del uso,
el olvido de todos,
los pies torcidos por el mucho abuso.
Nadie se acuerda, nadie, de tu origen de savia
tus lejanos inicios de raíz subterránea.
Nadie danza contigo la parábola agreste
del mesías que viene a redimir el polvo,
nadie abraza con sueños tu cintura de hambre,
tu calidad de espuma, tus nutrientes de balsa
que transita dormida diarios mares de mugre.
Un día, tal vez, cuando te echen al cesto final
de la basura, tumba indigna de ti, escoba mía,
me verás con acierto y pensarás
pobre de ella, tan parecida a mí,
¡Qué terrible destino el de la hembra!

ANTES DE TI

Antes de ti
antes de estos seres radiantes que de pronto me habitan
antes de este tu reino que yo llamaba mío
antes de tus manos, poblados de la cruz,
aldeas enceradas bajo la media luna,
antes de tu boca
antes de tu pelo
antes de esa nostalgia luminosa que se filtra invisible
en tu sonrisa
antes del vientre que fue vientre,
antes de ti
marcaba el calendario
una fauna de heridos en territorio ambiguo
una noche que creyéndose río fluía incontrolable
un río que figurándose noche se estancaba azorado
unos peces que pensándose estrellas
no nadaban ya nunca
el reino del desorden
el reino del desconcierto
el reino del desvarío
que no molesta a nadie porque a nadie le importa
si la noche es un río
si la estrella es realmente un pez inválido
si el río es un moribundo que ha perdido sus sueños
y sin embargo ahora
hay un después
no sé si largo o corto
pero sí luminoso
celeste como tu aura
con mares que dan luz en sus profundidades
con gaviotas que saben volar como gaviotas
con noches que son noches
con tu voz
con tus ojos
hay otro reino.

Del libro De cruz y media luna

Monday, July 02, 2007

A UN VESTIDO DE MATERNIDAD

Como una vieja bandera, abandonado
vives tu soledad en una cajonera.
De vez en cuando te encuentro debajo
de la ropa más nueva y me sonríes
con tus dientes cascados, con tu amplitud
de vela y tu avidez de barco inusitado.
Te saco de tu encierro de naftalina,
de tu asma y del polvo, de tu doblez
de tela desteñida, de tu humedad y hongo.
Me pruebo tu figura de generoso oleaje
tu velamen de proporciones maternales
sé que lloras de gusto ante el espejo
aunque sabes que hoy llevo el vientre desierto
entre los dos zarpamos al pasado
a aquel mar que fui yo, aquel océano
profundo, inédito, de peces y silencios.
Giras contento, lanzas tu toldo de barco
tu falda de bordados de sangre,
tu bastilla de leche, tus hilos de placenta.
Después iremos al cajón. Tú al tuyo de madera.
Yo al mío de memoria y ausencias.

Friday, June 22, 2007

DE LAS LECTURAS PROHIBIDAS

“LEER LOLITA EN TEHERÁN”
Azar Nafisi
Traducción Ma.Luz García de la Hoz

Quinteto


Hace tres años, caminando por las nevadas calles de Teherán, no podía dejar de asombrarme de la maravillosa influencia de la literatura, particularmente la poesía, en la vida diaria del pueblo iraní. En cada plaza, en cada parque, en cada glorieta, se levanta un monumento a alguno de los muchos escritores de ese país, poseedor de una antiquísima trayectoria literaria. Incluso algo tan lejano a la poesía como lo puede ser un parque de diversiones, el Evin Sharebazi, está flanqueado por una gigantesca estatua del poeta Hafez. Cuando los iraníes necesitan, supersticiosamente, consultar algún problema, no recurren al horóscopo, sino a un juego que denominan falehafez, que consiste en abrir al azar un libro del ya mencionado poeta e interpretar la lectura del poema según sus necesidades. El amor a la literatura está presente hasta en los hogares más humildes, donde en la sobremesa, sentados al calor de un vaso de té, se puede escuchar la voz cansada del abuelo recitando poesía de memoria.
Tuve el gusto de leer esta obra en su versión original, Reading Lolita in Teheran y puedo asegurar que la traducción al español de Ma. Luz García es impecable, dominando con soltura los obstáculos que supone el trabajar con dos códigos lingüísticos (el inglés y el farsi). La fluidez de la traducción hace que el texto parezca originalmente escrito en castellano.
Azar Nafisi vivió los periodos más arduos de la Revolución Islámica, donde la censura y la violencia eran la esencia cotidiana. Siendo mujer, catedrática, y descendiente de una familia cuyos nexos con el gobierno monárquico del Sha eran tangentes (su padre había sido ministro de cultura), los acontecimientos históricos la van acorralando al grado de que decide dimitir de su plaza universitaria. Y es aquí donde la historia se inicia. Al cabo de un tiempo en el que extraña desesperadamente su cátedra, su contacto con los alumnos, la enseñanza de la literatura, decide formar un grupo de estudio con sus ex-alumnas más distinguidas. Las reuniones son en su apartamento, a escondidas, en un secretismo devastador, concientes de que leerán obras que han sido oficialmente prohibidas.
El recorrido se inicia con la lectura de Invitado a una decapitación de Nabokov. “Había algo, tanto en su ficción como en su vida, con lo que conectábamos y que entendíamos instintivamente: la posibilidad de una libertad sin trabas cuando han desaparecido todas las opciones” dice la autora. A partir de esa primera lectura se va iniciando el recorrido interior, el viaje al interior del pecho, como si hubieran tomado un tren que las conduciría al único lugar que la censura no alcanza nunca: El centro de sí mismas. Desde luego que el recorrido, lejos de ser fácil, se encontraba repleto de trampas y espejismos, abismos y callejones sin salida, algunos impuestos por la sociedad, otros por ellas mismas, en un intento de subsistir en un espacio y un tiempo que las negaba cada vez más. Por eso ellas crean su territorio, su cueva, la legitimación de su espacio en la oscuridad, al margen de todos, hasta de sus familias. Conforme pasa el tiempo, las lecturas avanzan y todas, incluida la profesora, van descubriéndose y tomando control de su destino. Los lectores, por otra parte, vamos entrelazando las vidas personales de estas chicas con los libros estudiados por ellas, en un contexto casi metaliterario.
Pero Leer Lolita en Teherán no es sólo un libro contra la opresión, va más allá, es un texto de fe y amor por la literatura, toda, la que nos ilumina súbitamente y la que nos va hiriendo a pausas, con cada letra digerida, pero que al final, tanto una como la otra nos transforman.
Tengo catorce años con mi cátedra de literatura. Nunca he dejado de profesarles amor a los libros y, a diferencia de algunos, jamás he pensado que estos carezcan de consecuencias prácticas inmediatas. Aunque, debo confesar, a veces me pregunto cómo exactamente toca la literatura a cada uno de mis chicos, y hasta qué punto los transforma. Después de leer este libro de Azar Nafisi quedo completamente convencida de que la literatura es pan de todos, pero especialmente de los que tienen hambre.
Cuando vuelva a Irán y camine por sus calles repletas de historia, por sus plazas amplias, sus cafés, y los altos edificios de apartamentos constantemente en construcción, no podré dejar de preguntarme en cuál de aquellos lugares estará un(a) profesor(a) de literatura preparando su cátedra, navegando entre las no tan finas aguas de la censura, y conciente de que llevará a su aula algo más que un sermón literario; Una cesta de pan para los hambrientos.

Reseña aparecida en la revista española Alborada-Goizaldia