Cuando el profesor Rodrigo Pereyra me invitó a escribir algo sobre Cuba, ya que yo había visitado ese país en 1999, me entusiasmé debido a ese cariño que le tengo a Cuba y a los cubanos (los de adentro y los de afuera). Aprendí a hablar inglés por un cubano, mis mejores profesores de literatura fueron cubanos y además cuento con el gusto de tener grandes amigos cubanos. Claro que conforme se acercaba la fecha para entregar el escrito tuve que preguntarme ¿Y de qué Cuba escribo? ¿De la de adentro o de la de afuera? ¿De la política o de la social? Todo esto teniendo en cuenta que el cariño desmedido no nos hace especialistas, por lo que no puedo escribir un trabajo académico sobre un tema que técnicamente desconozco. Así que me senté una tarde en mi estudio, con las fotografías de mi viaje por un lado y las fotografías de Osvaldo y Roberto Salas por el otro. Mas allá una revista con una entrevista a Celia Cruz y en mi regazo el libro de René Ariza Cuentos breves y brevísimos. ¿Por donde empezaré? Me pregunté agobiada (faltaban pocos días para la fecha tope). Hay tantas Cubas en Cuba . La de los exiliados que la viven a través de la nostalgia, la de los que la habitan, la de Castro, la de Ché Guevara, la de Batista, la de los presos políticos, la de los turistas europeos, la de los negros, la de los blancos. La lista sería interminable e inútil. Entonces, de pronto, se me ocurrió que de todas esas Cubas yo me quedo con la Cuba imaginada, la inventada en los cantos de Eliseo Diego, de Lezama Lima, de Waldo Leyva.
La Cuba filtrada por la invención creadora de los grandes artesanos de la palabra, la de los últimos inocentes, la de los poetas. Y de todas las Cubas de Cuba a mí me parece la más real, la más entrañable y la que vencerá a todas las demás. La que trampea la realidad y la sublima. Dulce María Loynaz lo explica irreprochablemente en su poema En mi verso soy libre.
En mi verso soy libre: él es mi mar.
Mi mar ancho y desnudo de horizontes….
En mi verso yo ando sobre el mar,
Camino sobre olas despobladas
De otras olas y de otras olas…..Ando
En mi verso: respiro, vivo, crezco..
La Cuba de la imaginación poética es a mi juicio la que sobrevivirá a la histórica, a la política, a la geográfica.
Yo no soy cubana, pero como mencioné antes, le tengo un entrañable cariño a Cuba, como todos los hispanoamericanos le tenemos, especialmente los mexicanos. Me atrevo a decir, incluso, que todos los hispanoamericanos nos sentimos un poco cubanos, azorados quizá por la saga histórica de un país geográficamente pequeño pero que nos ha demostrado en tantas ocasiones ser enorme. A todos nos gusta Cuba, aunque sea la idea de Cuba, a todos nos duele Cuba, aunque sea el sueño de Cuba.
Hace algunos años, estando en un encuentro de escritores, conocí al escritor Guillermo Vidal (Matarile), recientemente fallecido. Era un hombre casi etéreo de tan delgado, nervioso, sencillo. Le gustaba escribir por las mañanas, de nueve a doce preferiblemente. Escribía en su oficina de algún edificio gubernamental donde tenía un puesto burocrático inútil (según sus mismas palabras) pero que le permitía escribir. Tomamos una taza de café en Samborn s, junto con el crítico cubano Luis Gallegos, el novelista argentino Mempo Giardinelli, el medievalista Néstor Lugones y yo. No bien se había servido la primera taza de café cuando ya estábamos preguntando a los cubanos por la situación política en Cuba. Recuerdo a Guillermo Vidal alzando el brazo, todo él nervioso, todo él hiperbólico, para responder y después los dedos firmes de Luis que parecían anticipar algo y fríamente, con esa elegancia tan propia de él, nos reprochó ¿Por qué siempre que se habla de Cuba se habla de política?
-Porque Cuba es política- replicó Giardinelli. – No chico, Cuba es mucho más. – volvió a decir Luis. No se volvió a tocar el tema y Guillermo Vidal tuvo que aguantarse el comentario, fuera el que fuera. Al día siguiente me topé con Vidal en el restaurante del hotel. Desayunamos juntos, hablamos, más bien habló de literatura, de poesía, de México. Entonces me entregó una copia fotostática de su novela Matarile, no tenía mas que dos ejemplares, el de él y otro que se había quedado en Cuba, pero se había tomado la molestia de fotocopiar el libro completo para regalármelo. Cuando me lo entregó me dijo, casi solemnemente, - Esta es mi Cuba.
Yo admití que lo era. Como prefacio a la novela, Guillermo Vidal escribió:
Este libro debe ser considerado una novela y como tal leerse. Utilicé nombres de amistades y familiares porque me pareció bueno, aunque a veces les tocara perder. Allí, en la mentira infinita, existieron: pero eran esencialmente otros.
Y es acaso en la mentira infinita de la ficción literaria donde radique la verdadera Cuba. La Cuba buscada, la Cuba anhelada, la de Cintio Vitier en su poema El Rostro:
Te busqué en la escritura de los hombres que te amaron. No quería
ver la letra, sino oír la voz que a veces pasa por ella
milagrosamente: oír con sus oídos, mirar desde sus ojos. Quería
ser ellos, asumirlos, para verte.
Visité Cuba en 1999, justo cuando se preparaba para la celebración del cambio del milenio, y gracias a una invitación de Guillermo Vidal y Luis.
Procuré llegar sin nociones preconcebidas, sin parámetros políticos ni económicos. No sé si lo logré, pero me encontré con un país de gente cálida y dicharachera que trataba bien al turista, que evitaba hablar de política y que sentía un orgullo casi genético por su isla.
La Habana, con sus calles curvas, sus edificios cascados y su centro adoquinado era testigo de los diversos tiempos de Cuba, simultáneos y tangibles, tiempos de un pasado esplendoroso, tiempos revolucionarios, tiempos de ideales y de realidades brutales, tiempos buenos y tiempos malos, futuros inventados y pasados inciertos. Una Cuba que me recordó al centro histórico del México actual, en donde confluyen los distintos pasados como venas de un mismo cuerpo que lo nutren. Cuba se mece en su realidad de tiempos, en su carne de tiempos en su legado de tiempos. Y el tiempo tiene otra dimensión en la isla, pasa más lento, casi se detiene, es propiedad común.
Eliseo Diego incluso hereda el tiempo en su poema Testamento:
No poseyendo más
Entre cielo y tierra que
Mi memoria, que este tiempo:
Decido hacer mi testamento.
Es
Éste: les dejo
El tiempo, todo el tiempo.
Me encontré con una Cuba de abundantes murales revolucionarios en donde las figuras de Ché, Fidel y Cienfuegos aparecían en callejones y carreteras, en hoteles y bibliotecas. Me encontré con gente cálida que incluso me invitaba a tomar un refresco a su casa (así, sin conocernos) y contaban su historia, real o fabricada a quién quisiera oírla. Por todos lados había gente, gente caminando, gente parloteando, gente sentada cumpliendo con un trabajo bobo. Por las noches, la Habana vieja se enciende con la música de los cabarets que sale por las ventanas y las puertas de cristal de los hoteles y restaurantes y las calles adoquinadas se llenan aún más de turistas y locales que pasean su desconcierto al ritmo ineludible de los bongós y las guitarras. Recuerdo haber visto mulatas hermosísismas, de una delgadez suprema, colgadas del brazo del algún turista más bien viejo para ellas. Y cómo olvidar al negro impresionante que abordaba a las turistas justo a la parada del Vaivén (el cuerpo de microbuses de la Habana) para contarles su historia y preguntarles si estarían interesadas en cultivar con él un amor puro como llamaba a lo que fuera eso que él quería. Al escucharlo hablar y manotear mientras decía, con su impecable guayabera blanca y sus pantalones un tanto gastados, era imposible olvidar los tan antologados versos de Nicolás Guillén:
Ya yo me enteré mulata, mulata,
Mulata, ya sé que dise,
Que yo tengo la narise
Como nudo de cobbata
Algunas calles más allá del nudo turístico de los hoteles y los restaurantes, donde la música quedaba como telón de fondo, la gente abría las puertas de su casa y sacaba a vender su mercancía, usualmente esculturas de madera tallada, mientras se sentaba a tomar la brisa de la noche sentados en su sillas sobre la banqueta. Era el ensayo, según se nos dijo, de una pequeña empresa controlada.
La huella soviética también reclamaba su parte en esa confluencia de tiempos que es Cuba y abundaban los chiquillos con nombres rusos, Vladimir, Fedor, Natasha.
El Granmá, el diario nacional, resultó ser un periódico de escasas páginas con un discurso revolucionario francamente gastado, difícil de aguantar, con muchas noticias sobre Fidel, algo de cultura, y un artículo de modas para las lectoras en las que se aleccionaba sobre el peligro de abusar de la lycra.
Pero esa Cuba gráfica, exuberante y seguramente estereotipada por cuantos la visitamos, convivía con otras Cubas, por ejemplo la universitaria, en donde encontramos profesores de una cultura extraordinaria que lo mismo podían discurrir sobre las jarchas que sobre las últimas obras de la diáspora cubana.
Sentados en el césped, bajo las sombras de los árboles, los estudiantes de humanidades (pelo largo, algunos peinados con trenzillas y vestidos con ese desenfado de los jóvenes) estudiaban, charlaban, tocaban la guitarra o leían en voz alta poemas de Angel Augier:
Si te enamoras, que sea de la Vida.
La Vida, fuente generosa,
El todo panida
Germen de toda cosa
Del árbol y del pájaro que anida
En sus ramas, de la espiga y la rosa,
Del agua rumorosa,
Del seno que convida.
Si te enamoras que sea de la Vida.
Y también estaba la Cuba de Aitana Alberti, hija del poeta español Rafael Alberti. Aitana nos recibió en su casa de la Habana. No era una casa grande para los parámetros estadounidenses, pero era más grande que el apartamento cubano promedio, además era linda, con sus balastradas y sus amplias ventanas. Tenía las paredes cubiertas de dibujos de su padre y merendamos con ella una tarde. Vivía en Cuba desde hacía muchos años y le gustaba su vida ahí. Estaba muy metida en el mundo cultural cubano y acababa de editar un libro sobre poesía cubana. Nos confesó, con cierta candorosa timidez, que ella también era poeta, y que era muy difícil vivir ahí y no ser poeta. Fue una tarde muy bella, donde Aitana nos contó anécdotas de su padre y de su madre y terminó escribiéndome una invitación a mano para que mi padre (entusiasmado lector de la poesía de Rafael Alberti) pudiera entrar a una exposición de sus pinturas que se llevaría a cabo en México al año siguiente.
Yo no podría definir Cuba. Como todos los países ajenos (y aún el propio) resulta una realidad demasiado compleja. De lo que sí estoy segura es de que las muchas Cubas de Cuba terminan irremediablemente condensándose en su literatura y principalmente en su poesía. Y sé también que la Cuba poetizada será la que nos sobrevivirá, independientemente del curso de su historia y de los absueltos y los condenados. Lo importante es vivir, como Victor Casaus en su poema Somos:
Somos ciertamente.
Somos por encima de las letras
Amarillas de los cables
En esta isla luminosa
Que anteayer fue construida.
Somos aún con nuestros ojos llorosos
De rocío
Con el puño y el defecto
Y el error y el que no sabe
Y el que sabe pero ha errado.
Somos por debajo de las débiles
Sonrisas de las suaves mariposas
Derrotadas. Somos siempre
En esta zona pequeñita que habitamos.
(Ser simplemente ser
es en este tiempo
y este paralelo
una amplísima victoria).